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Acuarela

El se había ido.  Ella lo lloró mil noches y cincuenta días. El escozor en sus ojos ya no le sabía a sal.

Por las tardes, colocaba su cabeza sobre las rodillas y como feto enroscaba su cuerpo como si con ello retuviera sus recuerdos.  Tenía miedo de olvidarlo, que sus ojos color café se fueran volviendo de a poco transparentes. 

Una tarde tuvo la brillante idea de desnudarse.  Completita desgarró sus ropas, sus carnes quedaron colgando mudas frente al espejo.  Tocó su piel y recordó sus dedos.  Vinieron a su memoria los recuerdos.  Las promesas y los besos.  El miedo de olvidarlo volvió a recorrerle las entrañas, pero esta vez sería distinto.

Tomó pintura y brochas y pintó sobre su cuerpo todo lo vivido. Le narró a su piel una acuarela de todas las vivencias compartidas.  Sobre sus caídos pechos dibujó sus manos gruesas y fuertes. En su nuca calcó los besos.  Hasta la humedad de su saliva quedó plasmada en los contornos de su cuello.  Y así continuó por toda su piel.  Un solo poro no quedó sin ser testigo de todo lo que tuvieron juntos.

La brocha continuó al sur y en su vientre tatuó el triste recuerdo de lo que nunca llegó a ser. Un hijo de ambos. Se estremeció al evocar sus dedos y el sonido de su lengua, entonces trazó en su cueva sagrada lo que pareció ser una boca de rictus morboso y juguetón. En las piernas hizo cambalache de colores, dedos, bocas, manos, lágrimas.  Esparció pintura color malva sobre el piso, retorciéndose sobre ella de espaldas, así emuló todos sus abrazos sorpresa.

Luego salió a la calle y se quedó parada cual Cristo, con los brazos abiertos y mirando al sol, esperando que este con sus rayos le sellara los recuerdos sobre la piel.  La gente sorprendida alrededor parecían no existir, el lugar lucía un desierto. No eran nada más que ella y sus recuerdos vueltos acuarela. Y así quedó, pintada por siempre, amándolo y nunca olvidó una sola memoria.


Derechos de autor Gnosis Rivera.-

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