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Mami

Ya es 24 de julio. Este día tiene su relevancia para mi. Quien está leyendo esto no tiene idea de lo que implica y solo me está haciendo un favor al atender estas líneas.  Un día como hoy nace mi madre.  Ella ya no está conmigo. Se fue la madrugada de un diciembre hace varios años. Ella no está, pero como todo aquel que se ama y ha partido, permanece.

Cuando pienso en ella me viene a la memoria su herencia.  A su partida, me hice dueña de varias fotografías, libros, algunos folletos educativos y tres cartas que me había escrito años antes del triste evento. En esas cartas radica la mejor herencia que ella pudo dejarme. En ellas habló de mis fortalezas cuando yo apenas tenía idea que existían. Me contó de los tropezones en la vida y de mi salida airosa por sobre ellos. Me endosó su carácter aguerrido y me mostró un camino del cual no tenía noción que iba a recorrer. 

Yo le pido disculpas a ustedes que leen. Esto es estrictamente personal, y quizá no les interese. Es que se ha vuelto un bonito hábito hablarles y contarles algunas prosas y reflexiones personales.  Muchas de las historias que se pasean por este blog no necesariamente son mi experiencia personal, pero tienen mi sello y en ellas dejo salpicar mucho de mis sentimientos.  Este escrito no es la excepción y es el más PERSONAL de todos. Por eso mis disculpas y desde ya mi agradecimiento por leerlo.

Cuando una madre se va, la sensación es bien rara (toda vez que el dolor ha dado paso a otros sentimientos). Yo como mujer quise compartir muchas experiencias con ella, y no pude.  Eso nada lo compensa.  Solo cuando me convertí en madre pude mitigar un poco esa sensación y llegué a cotas de comprensión de muchas cosas sobre mi madre que antes me fueron inentendibles.

No diré más. El resto se queda dentro mio y no se volverá letra.  Hoy sería un año más de tu natalicio Ana Cristina.  Le contaré al viento mi nostalgia por ti; que él te cuente cuánto te amo, que te muestre a la nieta que nunca pudiste cargar en brazos.  Espero poder verte alguna vez, te amo.

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Antes de amarte...

Antes de amarte, déjame contarte de mis espinas, como adornan mis esquinas y me hieren todavía; pero también tengo rosas.  Si te acercas solo un poco podrás ver que soy hermosa solo que no lo sabía.  
Antes de amarte, déjame mostrarte mis demonios,  mis motivos y mis incordios.   Quiero que veas mis sueños, mis dolores, mis anhelos. Que sepas que yo he llorado,  pero igual se de alegrías.  Que sé de la lejanía, de la distancia que empapa,  de la comezón del alma cuando sola se imagina.
Que he sorprendido las noches bañándome en un recuerdo de algo que yo pensé cierto,  pero me quedé colgada, con mi alma enamorada sin saber lo que ocurría.   La mentira se metía lentamente por mis huesos y la ilusión escupía en mi cara sus deseos.
Quiero contarte que amo,  que suspiro y que aún espero. Que mi cuerpo tiene frío y por dentro prende fuego.   Antes de amarte te cuento, porque quiero que te enteres que padezco de la ausencia de un amor que no es presencia,  y tú que ahora te asomas, pienso quizá no comprendas.
Que no …

Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
Cada texto es un nacer y un morir. Un sobrevivir constante en este ensayo de existencia. Una apuesta a permanecer en la necedad de lo posible. Eso es escribir.... Y perdonen la soberbia de siquiera pensar de qué están hechas vuestras almas, estimados amigos de las letras. Puede ser mi soledad la que me hace dar por cierto tal suerte de cosas. La culpa no es mía, pues, sino de ella. Mi amiga, la soledad. Cariños, Gnosis

Sonrisa mentira

Mi sonrisa, de cuarzo y granito, era cuajada y pesada.
Se extendía de izquierda a derecha, haragana y con pocas ganas de ser. Con sus manos de renacuajo, se sostuvo de mi boca y se instaló en mis labios, pretendiendo engañar al semejante que observaba en mi esquina.

Mi sonrisa, antes de amarillo robusto, ahora era color cristal,
y al intentar ser en ella lo que en verdad no soy, se fragmentó sobre mi barbilla, y miles de trozos se esparcieron por mi regazo, distribuyendo a pares el aburrimiento de mi desdicha.

Ya no tenía por qué sonreír más. Ya la máscara había sido descubierta. No más sonrisas para mí, ni para el semejante de la esquina.


©Derechos Reservados Gnosis Rivera.-