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El encuentro (primera entrega)

Él la conoció en una de esas charlas que se imparten en una importante librería de la cuidad.  No habían coincidido en la fila de los asientos, pero le había llamado mucho la atención su comentario, luego de que el moderador diera paso al público para hacer preguntas.

Observó su pelo, los ademanes de sus manos mientras hablaba.  No tenía del todo el ángulo de su cara, pero adivinó unos pómulos maravillosos. Su boca, sería una sorpresa que más tarde disfrutaría con deleite.  En fin, que tenía que conocerla!. Esa fue la sentencia que le acompañó al concluir el evento, y al quedarse toda la concurrencia conversando con los oradores y charlando aquí y allá, no vió mejor oportunidad para acercarse a ella. Con el pretexto de ahondar más sobre su comentario de entonces, apresuró con disimulo sus pasos hacia el objeto de su distracción.

Le saludó con gentileza y respeto.  Se sintió algo torpe, pero todo le salió perfecto. Nadie lleva colgado en la frente un letrero que diga "que nervioso estoy!" y ella no tenía por que adivinar el pequeño predicamento que embargaba al hombre al querer acercarse.  Con naturalidad le devolvió el saludo, acompañado de una ligera sonrisa.  Los ojos de la mujer, luego de mirarle a él, volvieron al folleto que tenía en las manos.  En el breve tiempo que sucedía, el hombre se debatió entre la idea de comentar algo y no quedarse mudo y la decisión de deleitarse con lo que pudo ver. Unos ojos almendrados del color de la mismísima noche.  Pestañas y cejas en perfecta armonía con esos maravillosos huecos de luz.  El rostro de la mujer le gustó de tal manera que empezó a sentirse bobo y estúpido.  Los pómulos no eran como creyó en la víspera.  Más bien eran mesurados y cuadraban perfecto con la poquita sonrisa que disfrutó en esos gruesos labios que invitaban al beso.  El pelo!...ese le caía como la gloria sobre los hombros y parte de la cara.  Eran cascada divina!

Logró articular algo sobre la charla que acababan de presenciar.  Con elegancia y sin mucho drama, para su suerte, él había logrado captar la atención de la mujer y al parecer, la gran mayoría del público ya se había retirado cuando ellos continuaban conversando.  La mujer tenía un risa que le resultó narcótica.  Ella hablaba y él solo atinaba a ver la forma de confabular el siguiente encuentro.  Tendría que hacerse con la posibilidad de quedar con ella para una siguiente vez.  Y así lo haría. Pero se despidieron solo con la excusa de que probablemente se encontrarían otra vez en esa misma librería.  Ella era visitante habitual del lugar.  Él, en cambio, había asistido por insistencia de su amigo. Insistencia que tiempo después le agradecería. 

Las semanas siguientes fueron un peregrinar constante a la librería.  Ella nunca apareció y él no dejó de pensarla un momento.  
 - Por qué demonios no le he pedido su número!-  Se increpó.
¿Cómo daría con ella?. Apenas tenía su nombre, Lucía. Le recordó esa canción de Serrat. Lucía. Tenía que volver a verla de cualquier forma.  Quiso preguntar al dependiente de la barra del café de la librería, pero meditó que quizá parezca desesperado.  Decidió calmarse.  Su amigo Armando ya le había advertido que un día le ocurriría.  Eso de dar con una mujer de esas que quitan el sueño.  De esas que quieres solo para ti.  Con las que puedes hablar por horas sin aburrirte. De esas que no puedes imaginar que otro las disfrute. Una mujer con quien querrías estar todo el tiempo. Pero cómo podía llegar a pensar de esa forma, si siquiera la conocía.  Ella podría ser una loca, o una de esas mujeres tan normales que no añaden nada nuevo a la vida de la gente, o podría estar casada.  Casada.  Repitió esa frase en su cabeza.  Pareció como si la posibilidad de saberla casada fuera peor que saberla loca. Tenía que volver a ver a Lucía y saber a qué rayos iba todo esto que le estaba ocurriendo.

Pensó que su amigo Armando exageraba. El ya había conocido a tantas y tantas mujeres. Algunas fueron medianamente importantes en su vida, pero ninguna le motivó lo suficiente como para abandorar su soltería.  Esta no tendría por qué ser una excepción. Lucía podría ser una mujer muy especial con quien compartir horas de maravillosa charla.  Visto que resultó ser una mujer inteligente y con sentido del humor, de seguro ese era el motivo de su desazón por no poder encontrarla. Nada más.  No iba a alarmarse. Después de todo, solo se trata de una mujer, y mujeres hay tantas.

Continuará...




© Derechos de Autor Gnosis Rivera.-

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