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A ti, mi niño...


Vi tu cuerpecito y te abracé con la mirada, como se abrazan las cosas tiernas y frágiles. Como respetando tu inocencia, soplé con mi aliento, delicada, un hermoso mechón de tus cabellos de azabache. Toqué tus deditos y los llevé a mi boca, en la palma de tu mano deposité tres besos, y rocé con el borde de los labios, tus inertes y húmedas uñitas.

¡Oh! niño mío, niño de todos y de ninguno, niño de un pueblo y niño de un mundo.  En esta hora del día te meso en mi ceno, y dejo que el calor de mis pechos simulen el hogar que te fue arrebatado.  Tus cachetitos, otrora rosados, hoy son la usencia del color de la vida. Hoy te vistes de muerte, para recordarnos como todos estamos muriendo un poco cada día.

Con tu muerte, unos han muerto más que otros.  En cambio algunos vivirán con más ahinco, pero con un trocito menos en el pecho.  Eres el niño que se esconde tras una costilla, y que solo recordamos cuando nos dan un feo golpe.  Tu muerte es la gruesa costra que escuece la piel de nuestra conciencia.

¡Oh! niño mio, te amo con cada grito que mana de mi corazón de madre.  Te amo con cada una de las ilusiones que, por ti, atesoraré y atesoro cada día.  Por ti renuevo mi compromiso con las utopías y los imposibles ciertos.  Por ti me vestiré de yerba para teñir de verde todo cuanto me sea posible.  Por ti abrazo y beso, porque una partecita de mi eres tú.  Porque sin saberlo, ya te encontraba en la mirada de mi niña.

Te amo, mi niño...



© Derechos de Autor Gnosis Rivera.-

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