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Dolor dulce

Luego de todo el dolor, luego del llanto, de las noches sintiéndose miserable, vacía, sola y desdichadamente rota, ella se dio cuenta como el amor permanecía latiendo en su corazón; como ese mismo amor se manifestaba en forma de susto en la boca de su estómago y como sus labios reían solos, sin contar con ella, pues más de una vez se sorprendió sonriendo por él, sin darse cuenta. Luego de todo eso, ella comprendió que no importaba cuánto sufriera, ella lo amaría por siempre aún cuando ya dejara de dolerle.

Más todavía, empezó a sentir felicidad por todo lo vivido. Era cierto, muy cierto, que lo extrañaba, que daría lo que fuera por verlo regresar. Pero sabía que ello era imposible, al menos era lo que suponía. Entonces se sintió dichosa de haberlo amado el tiempo que pudo; gozarlo todas las veces que tuvo oportunidad. Fue feliz por haberlo tenido. Cuando realizó esta idea en su mente, más aún, cuando la comprendió, el dolor empezó a menguar y le fue más fácil lidiar con su ausencia.

Lo mejor de todo, es que comprendió que cuando se ama de esa forma, no hay posibilidad de perder; siempre se gana. Se gana vida, memoria, recuerdo. Se queda dentro de ti toda la experiencia acumulada en el cuerpo y el corazón, y eso, ninguna ausencia podía arrebatárselo.  Desde ese día, las lágrimas que le acariciaban la mejilla de vez en cuando, tenían sabor a beso.


© Derechos de autor Gnosis Rivera​


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