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Manos y fuego




Tomó su mano derecha. Observó cada uno de sus dedos, como si estuviera inspeccionando algo anhelado o nunca visto. Tocó la líneas de las palmas como si fueran a borrarse o mezclarse entre ellas. Él se dejaba hacer; se sentía curioso de todo cuando ella hacía. Lentamente, ella llevó la palma de su mano a sus labios, entreabrió la boca y deslizó la lengua por su escasa superficie. Él sintió cosquillas por semejante gesto, pero se quedó dispuesto a ver qué seguía. Ella cerró los ojos y siguió lamiendo sus manos, y luego se concentró en su dedo índice. Lo colocó por completo en su boca. Lo introdujo y sacó, como suele hacerse con una paleta de helado. Él empezó a complacerse más de lo esperado y comenzó a sentir cosquilleo en la región más íntima de sus pantalones. Ella, que era muy consciente de lo que hacía, parecía no estar pendiente de él; eran sus dedos lo que le interesaba, y así, uno por uno, los fue saboreando como fruta pulposa. Por un rato, estacionó su boca en la parte inferior del dedo grueso, y entonces, degustándolo, le dirigió una mirada tan lasciva como ausente. A él le brillaba la mirada y ella comprendió que era hora de hacer algo más. Entonces tomo la mano de él y la poso sobre su pecho izquierdo. Cuando el se deleitó con la dureza turgente de su seno, estalló en mil llamas y él espacio empezó a arder...


© Derechos de autor Gnosis Rivera​

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Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
Cada texto es un nacer y un morir. Un sobrevivir constante en este ensayo de existencia. Una apuesta a permanecer en la necedad de lo posible. Eso es escribir.... Y perdonen la soberbia de siquiera pensar de qué están hechas vuestras almas, estimados amigos de las letras. Puede ser mi soledad la que me hace dar por cierto tal suerte de cosas. La culpa no es mía, pues, sino de ella. Mi amiga, la soledad. Cariños, Gnosis

Tres años Volando al ras...

Hace tres años empecé a acariciar la idea de publicar mis escritos. Propósito algo soberbio si lo veo desde la creencia de que alguien quiere leer lo que pienso. Sin embargo, me hallaba en un momento muy particular de mi vida, y una vez que empecé a escribir sencillamente no pude parar.
Son muchos los que me acompañaron en ese tiempo, que hoy no están. La mujer que yo era hace tres años hoy es muy distinta. Me empeciné en este propósito, muté, me aislé cuando fue necesario, cuando no podía hacer otra cosa. Me hice acompañar cuando el tiempo así lo demandó. He vivido humillación, rechazo, pleitesía, una suerte de adoración por demás inmerecida. También he sentido respeto, admiración y aplauso. 
Son tres años de no creerme muchas cosas. Tres años de escribir con lo que he tenido. Unas veces mucho, otras veces absolutamente nada. Hubo momentos donde me vacié por completo, otros donde me replegué, avergonzada. Pero siempre volví, porque escribir se volvió más fuerte que yo. 
De Volando al ra…

Mi bronquitis

Desde mi primera juventud – la verdad que no sé son cuántas juventudes hay, ni quien las cuenta– tuve tendencia a los resfríos. Primero fue la congestión de los senos paranasales. Bastaba que lloviera para que mi nariz tuviera su propio tsunami. No podía usar perfume, ni bañarme con el clásico Palmolive rosa, que tanto gustaba a mi madre. Los olores me mataban.

Con el tiempo, y por suerte, esa condición fue variando; ya no era un payaso andante, puesto que mi nariz vivía enrojecida.

Yo fui creciendo y me di cuenta que algunas enfermedades traen consigo un andamiaje emocional. Y eventualmente me vi repitiendo, cada cierto tiempo, una bronquitis asmatiforme, así decía el diagnóstico. Yo siempre me propuse ver más allá, me pasaba de la línea, sacaba mis propias conclusiones; tuvieran ciencia o no, ellas me satisfacían y, al menos, me ayudaban a entender mejor mi deficiencia de salud y mi cuerpo.

Hace un tiempo que vengo callando, que vengo sintiendo harto y diciendo nada. He tenido potentes…