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Crónicas

Eran las tres de la tarde y me tocó ir a cierto lugar a buscar una torta de chocolate que compré para mi cumple, rellena de fresa y con tope de chocolate. Definitivamente, mucho chocolate. Lo había encargado con cinco días de antelación, así que cuando fui a recogerla estaba emocionada como una muchachita.
No aparecía. La torta, sencillamente, no aparecía. El supervisor estaba en su turno de descanso y tuvo que venir personalmente a encargarse. Yo ya ignitaba del pique, porque veía como el Sr. Morphy venía con sus benditas leyes a abrazarme. Cuando el bizcocho aparece, luce como que la pata de un dinosaurio le había rozado dos esquinas y destruido el diseño.
El dependiente está muy apenado. Yo estoy cansada y un poco molesta. Está haciendo lo posible para hacerme llegar una torta igual de otra sucursal que está a una hora de distancia y va dando vueltas con su walky talky porque quiere matar al empleado que, según me contó, le ha fastidiado ya varios encargos.
De repente, una epifanía me recibe y recuerdo la más antiguas de las filosofías de las que me suelo sostener: ¡para gozar no hay que joder tanto...!
En ese mismo instante, las tortas huérfanas que se lucen en el mostrador como perritos de tienda veterinaria, empiezan a silvarme. Incluso, una de ellas se levantó el suspiro y me mostró toda su harina...Llamé al supervisor y le dije que no se preocupara, que no había problema (igual le dije otras cosas...)
Me sedujo una pequeña tortita que decía llamarse Tiramisú, y a la que solo pude sentirle la tira porque la parte del misú nunca la vi. Mis amigas y amigos dijeron que estaba rico, pero una de dos, o estaban borrachos o me quieren demasiado. El caso es que ese fue el bizcocho que recordé compartir cuando más de la mitad de los invitados habían hecho acto de ausencia.
Cosas que pasan. Historias. Todo quedó compensado con un buen ambiente y mejor compañía. 

Les quiero...

Gnosis

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