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Mitades y enteros

Imagen obtenida de la red

Necesito que me ames y que lo hagas sin mesura
No ahorres besos ni caricias
No lo hagas con los gritos, ni las demandas
Ámame con exceso

Aparca sobre mi pelvis y ahí, sírvete del tiempo
Dilata las horas en mis pechos
y en los huecos que son mis ojos, mírame por horas
como si aguardaras dentro de ellos la puesta de un atardecer

En mi garganta, ensenada tupida de te amos enmohecidos, 
mete tu mano, arráncalos de tajo y haz con ellos tu propia siembra

Que de ahí germinen flores y que vengan las abejas
No necesito mitades
no resisto una medida o un pedazo ya de nada
Más bien, me urge zurcir cada herida con excesos
Mucho de tu cuerpo
Mucho de tu beso
Mucho de tu abrazo... mucho

Te ruego que vengas, ven entero, ven completo
con lo que te quede,
con lo que te sirva y con lo que no
ven con heridas y con las ausencias
Ven repleto de llanto, de carencia
Ven completo de vacío
pero ven...

Y cuando llegues, dámelo todo
No distraigas al tiempo con porciones o trozos
No me entretengas con migajas
Yo no quiero la mesura del momento
Entrega todo, o no entregues nada.


Derechos de Autor: Gnosis Rivera

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Antes de amarte...

Antes de amarte, déjame contarte de mis espinas, como adornan mis esquinas y me hieren todavía; pero también tengo rosas.  Si te acercas solo un poco podrás ver que soy hermosa solo que no lo sabía.  
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Que no …

Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
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Sonrisa mentira

Mi sonrisa, de cuarzo y granito, era cuajada y pesada.
Se extendía de izquierda a derecha, haragana y con pocas ganas de ser. Con sus manos de renacuajo, se sostuvo de mi boca y se instaló en mis labios, pretendiendo engañar al semejante que observaba en mi esquina.

Mi sonrisa, antes de amarillo robusto, ahora era color cristal,
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Ya no tenía por qué sonreír más. Ya la máscara había sido descubierta. No más sonrisas para mí, ni para el semejante de la esquina.


©Derechos Reservados Gnosis Rivera.-