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Sonrisas en el patio


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Sonrsas en el patio


Ambas lavábamos ropa en la parte trasera del edificio donde vivo, ahí están instalados los lavaderos. Ella para la señora que le pagaba, yo para mí y mi niña.
Ella recibiría unos pesos; yo, el placer que me produce ver los uniformes de la Chinola limpios y mi propia ropa con olor a jabón de cuaba — los detergentes me dan alergia y son crueles con mis manos— .
Conversamos por mucho rato. Reímos por tonterías como son el cloro y los detergentes, y nos dijimos nuestros nombres. En un momento, ella, en el mejor español que tenía, me dijo: — tú ere’ simpática…-. Le respondí que sí, que es mi estado natural. — Si la persona es respetuosa, trabajadora, me sale la simpatía en forma natural.-, proseguí.
A seguidas me dijo algo tan simple: — Todos somos persona'- .
Tras esa corta y, aparentemente, simple declaración, imaginé toda suerte de vejámenes. Tras su sonrisa, la que me regaló a granel, adiviné mucho más de lo que esperé.
Le respondí que por supuesto, que eso ni se discute, — ¡todos somos personas!-.
Ella volvió a sonreír y con la sabiduría que da la vida cuando viene cruda y espesa. Cuando llega saturada de lucha y ausente de cosas básicas que pasan por privilegios para algunos, afirmó:
— No todos lo saben… -y volvió a sonreír.
(La mujer que muestro en la foto no es protagonista de la historia que comparto. Todos los derechos de la imagen: Maribel Núñez)
Cariños, Gnosis Rivera​

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