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Sonrisas en el patio


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Sonrsas en el patio


Ambas lavábamos ropa en la parte trasera del edificio donde vivo, ahí están instalados los lavaderos. Ella para la señora que le pagaba, yo para mí y mi niña.
Ella recibiría unos pesos; yo, el placer que me produce ver los uniformes de la Chinola limpios y mi propia ropa con olor a jabón de cuaba — los detergentes me dan alergia y son crueles con mis manos— .
Conversamos por mucho rato. Reímos por tonterías como son el cloro y los detergentes, y nos dijimos nuestros nombres. En un momento, ella, en el mejor español que tenía, me dijo: — tú ere’ simpática…-. Le respondí que sí, que es mi estado natural. — Si la persona es respetuosa, trabajadora, me sale la simpatía en forma natural.-, proseguí.
A seguidas me dijo algo tan simple: — Todos somos persona'- .
Tras esa corta y, aparentemente, simple declaración, imaginé toda suerte de vejámenes. Tras su sonrisa, la que me regaló a granel, adiviné mucho más de lo que esperé.
Le respondí que por supuesto, que eso ni se discute, — ¡todos somos personas!-.
Ella volvió a sonreír y con la sabiduría que da la vida cuando viene cruda y espesa. Cuando llega saturada de lucha y ausente de cosas básicas que pasan por privilegios para algunos, afirmó:
— No todos lo saben… -y volvió a sonreír.
(La mujer que muestro en la foto no es protagonista de la historia que comparto. Todos los derechos de la imagen: Maribel Núñez)
Cariños, Gnosis Rivera​

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Antes de amarte, déjame contarte de mis espinas, como adornan mis esquinas y me hieren todavía; pero también tengo rosas.  Si te acercas solo un poco podrás ver que soy hermosa solo que no lo sabía.  
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Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
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Sonrisa mentira

Mi sonrisa, de cuarzo y granito, era cuajada y pesada.
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Mi sonrisa, antes de amarillo robusto, ahora era color cristal,
y al intentar ser en ella lo que en verdad no soy, se fragmentó sobre mi barbilla, y miles de trozos se esparcieron por mi regazo, distribuyendo a pares el aburrimiento de mi desdicha.

Ya no tenía por qué sonreír más. Ya la máscara había sido descubierta. No más sonrisas para mí, ni para el semejante de la esquina.


©Derechos Reservados Gnosis Rivera.-