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10 de diciembre 2004

Estaba en la cama cumpliendo instrucciones del doctor: debes estar en posición totalmente horizontal por un mes. Claro, él no sospechaba a quién le ordenaba semejante sentencia. Yo estuve sentada a los quince días, aunque claro, por razones de fuerza mayor y tristisimas. Lo cierto es que sin ese motivo o con él, yo ya estaba dando algunos pasitos de a minuto mucho antes.

Debían ser las diez y quince de esa mañana. Despertaba recién pues mi sueño había variado su horario a fuerza de dolor. Esos días, las noches y yo nos hicimos enemigas. Ella me llenaba de miedo, horror. Inclusive, en mi neurosis de angustia y post trauma, llegué a ver demonios danzando por sobre mi cama, recuerdo sus sonrisas maléficas y dientes de sarro. 

Estaba sentada en la esquina de mi cama de posición cuando él entró con el teléfono en la mano. -Sí...bien; ¡claro! ella se ha encargado de todo esto... Claro, claro, nos comunicamos...- Decía mi padre con mirada vidriosa y voz entre baja y queda.

Mi parte racional y lógica ya estaba algo preparada para escuchar los verbos en pasado. "Encargado", haber escuchado precísamente esa palabra me dijo todo. No era el gerundio que hubiera deseado con toda mi alma: ella había fallecido.

Mi madre y yo, cuya relación había estado teñida, desde mi infancia, de difíciles y complicadas particularidades, finalmente habíamos logrado construir un vínculo positivo, donde ambas nos admirabamos, nos reíamos de nuestras locuras y logros. Hasta algunas caricias, esas que eché de menos de pequeña, llegaron a estar presentes en nuestra nueva relación. Mimos de amor auténtico, genuino y reconciliado.

Mi madre había había fallecido justo cuando más lo era . Justo cuando nos volvíamos cómplices de planes a futuro. Su muerte me mostró lo que vengo entendiendo hace rato: la vida no es ni justa ni injusta, no se trata de ironías, ni castigos, sino que es vida. Pura vida. Punto. Por suerte, y con el tiempo, he logrado seguir construyendo esa relación, aún cuando ella es una ausente material obligada.

Lograr tal empresa ha implicado conocerla más, acercarme a ella sin el miedo de lo que encuentre. Verla con ojos de mujer, de persona. He logrado humanizar a mi madre y eso me ha acercado a ella de formas que nunca logré cuando estaba aquí, a media hora de distancia en transporte público.

Ella está, no se ha ido. Tiene el lugar que tiene y he sido ella muchas, muchas veces. He sido su voz, su enfática manera de ser, su tenacidad y terquedad, su atrevimiento y su desparpajo de risa. Lo más importante, aprendí a separarme de ella como ser individual sin que ello implique negación. Esa ha sido la parte más noble y honesta de la reconciliación con mi madre. Esa que dió inicio antes de dejar de verla y que continúa hoy.

Recuerdo su último vestido, no el de ese día, sino el que usaba cuando sonreía, bailaba y hablaba sin parar, argumentando, como suelo hacerlo yo, con el gesto de sus manos y todo su rostro. Esa es la madre que recuerdo y que amo.

Cariños, Gnosis

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