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2016


 
Una de las cosas que aprendí en el 2016 fue a escucharme. No fue fácil. Es más, ponerse atención a uno mismo es una de las empresas más difíciles que se puede abordar. Yo lo aprendí, sigo aprendiendo, porque de no hacerlo, tendría que seguir pagando el precio que ya estaba honrando: infelicidad.
 

Entonces empecé a escucharme. Lo primero fue eso, empezar, dar inicio a reconocer mis ruidos, mis susurros, mis gritos, mis palabras y mis silencios. Luego, vino lo más fuerte: darle nombre a todo eso, reconocer sus calidades, buenas o pendientes de serlo. Las no tan buenas, reconocer mis aspectos llenos de ausencia de bondad. Ausencia de bondad hacia mí misma, hacia mis significativos, mi entorno, mis dones.
 

Conciliar todo eso y lograr que al final, nada me fuera extraño o huérfano de mí. Todo debía pasar frente a mí, ser reconocido por mi yo más humano y consiente. Sigue siendo una constante. Es un camino que, toda vez que se inicia, no puede parar.
 

Faltan cosas por ver, pero al menos veo. Veo mi ser interno. No es fácil. He sufrido mucho, mucho. El 2016 fue un año que me parece duró apenas un trimestre, pero sé que fueron doce meses, lo viví completo. Ahí están las huellas. Los talones de mis pies, solo ellos, saben lo que anduve. Mis párpados, solo ellos, conocieron la íntima humedad que me acompañó por días.
 

El 2016 me enseñó en propia carne y en la piel lo grave de la falta de abrazos. Supe de las lealtades, supe mucho de la cobardía. De la despedida sin una sola palabra. Supe del cuerpo vacío. Supe de lo caro que sale traicionarse a uno mismo.
 

Hoy, mejor que nunca, reconozco mis tareas pendientes. Hallé la fuerza para claudicar algunas luchas que ya no eran para mí. Arreglé espacios y dejé pasar de largo cosas que creí imprescindibles, mas no lo eran. Reconozco más que nunca mis ilusiones y fábulas mentales, las excusas fantásticas que recrea mi mente para mantenerme danzando alrededor de una llama que hace rato se apagó.

Todo lo que fue este 2016 no cabe aquí. Y comprendo plenamente a quien que no se atreve a tocar su interior; a quien prefiere, o al menos creen que lo hace, quedarse a la orilla de su propia playa, sin intentar siquiera flotar un poco en sus propias aguas. Duele mucho, verse dentro duele mucho. Pero es como dije, una vez que empiezas no hay retorno.
 

No tengo promesas para el 2017 más que seguir. Andar los peatonales que tengo dentro. Irme a mis propios puentes, cruzarme y llegar a mi otro lado, donde aguarda todo lo mejor de mí misma. Insistir en mis utopías, en mis necedades, esas que sí tienen la llama encendida. Lo que será, será, con mi duda o no, será. Eso también lo aprendí en el 2016.

Este 2017 solo deseo vivir. Vivir y amar todas las veces que me sea posible.

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