Ir al contenido principal

Normalizando la enfermedad


 
Tal y como publique en Acento.

Martes de hipertensión, miércoles de diabetes…falta poco para los jueves de accidentes cardiovasculares y los lunes de colesterol alto. Si le vienen a la mente los jueves rojos o los martes de vegetales en los supermercados, no se sorprenda. Las enfermedades ahora son un producto y el enfermo es un cliente; de hecho, es justo así como está pensado.

Días atrás, en medio de las cortas cavilaciones que me permito en cada semáforo en rojo, leía los letreros promocionales de una sucursal de farmacia. El anuncio era casi festivo, e invitaba al cliente a visitar el local cierto día a adquirir su medicina para la diabetes. Se me antojó un chiste ácido, bien a mi estilo y empecé a bromear con las enfermedades, donde cada una se hace con su día de la semana. Una cosa me llevó a la otra y al final no pude parar. 

Vamos a ver esto un poco más allá: a los emporios farmacéuticos les importa un carajo su salud. Más bien les interesa su enfermedad, pero no para curarla, sino para mantenerla, porque sencillamente la salud no les reditúa ganancias. En cambio, una población “ni muy sana ni muy muerta” produce y mantiene cifras de dinero que rayan en lo obsceno. Para nadie es un secreto que la fabricación de medicamentos constituye uno de los sectores más productivos de los países poderosos, y que las megacorporaciones transnacionales del sector farmacéutio determinan muchos aspectos de la salud de la gente.  

En este sentido, la publicidad no solo se hace cómplice, sino que es una parte integral y pensada de los que dirigen el negocio de las drogas legales, al tiempo que promueve una especie de cultura de la enfermedad. En ella, la persona ve cualquier afección como algo con lo que hay que vivir porque sí, porque es lo normal, cuando en realidad la salud es el estado natural de todo organismo vivo y la enfermedad no es más que la consecuancia de una alteración en los ritmos habituales en dicho organismo.

En un comercial de esos que te pasan cada dos por tres en la televisión, se observa el cansado rostro de una mujer que lleva sus manos a las rodillas con expresión de dolor. La voz dice que para eliminar la molestia deberá tomar cualquier cantidad de pildoras al día, en tanto que con la marca TAL una sola capsula será suficiente para que no duela por hasta doce horas. La mujer toma la pastilla y su expresión se vuelve joven, hermosa y alegre. No hay un solo momento en que se sugiera la sola idea de buscar el origen del dolor, solo su calma. Así las cosas, el mensaje implícito es: ¿Te duele? ¡Medícate!

La prueba del cinismo del negocio farmacéutico la encontramos en el siguiente escenario: Las medicinas son para quien pueda pagarlas; esta expresión no es ni mía, ni nueva. Un ejecutivo de la Bayer nos hizo el favor de recordarnoslo. Además, según fuentes consultadas, cerca del 90% de la inversión realizada en investigación y desarrollo de nuevas drogas, está dirigida a resolver el problema de la salud de solamente un 10% de la población mundial. Precísamente aquellos que pueden acceder a ellas. De ahí que muchos piensen en enfermedades para ricos y enfermedades para pobres, como si la salud, más que un derecho fundamental, fuera un asunto de estatus económico.
En ese mismo orden, la Organización Mundial de La Salud puede ayudarnos a entender un poco mejor lo que es el negocio de las medicinas cuando nos cuenta de los millones de infantes que mueren cada segundo por causa de hambre; o los más de 60 millones de mujeres que dan a luz sin anestesia; o mucho peor, los más de 10 millones de niños y niñas que mueren anualmente por enfermedades perfectamente tratables y que cerca de los 2,400 millones de personas no tienen acceso a servicios sanitarios básicos. Todo esto ocurre ante los ojos de un sector multimillonario, creciente y con una tecnologia cada vez más avanzada, que no tiene excusas para erradicar todas estas cifras, más allá de las económicas.

Y que conste, no les hablaré del maridaje entre los gobiernos y las farmacéuticas. Tampoco les cuento de las enfermedades fabricadas y patentizadas. Esa es otra historia, y por cierto, una bien oscura.
La esencia de la industria farmacéutica es mantener la cronicidad de las enfermedades. Nunca eliminarlas. Ellas deben irse y volver, mantenerse cerca. Para tal propósito, la alimentación y el estilo de vida juegan un rol importante, pero la medicina se lleva las de ganar, pues cada droga consumida conlleva efectos colaterales al organismo y altera la inteligencia natural del cuerpo: la de sanarse a sí mismo.

Sería interesante ver cuál día le dejaremos a la salud, porque al paso que vamos hasta los feriados estarán enfermos.

Entradas más populares de este blog

Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones...
Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo.
El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
Cada texto es un nacer y un morir. Un sobrevivir constante en este ensayo de existencia. Una apuesta a permanecer en la necedad de lo posible.
Eso es escribir....
Y perdonen la soberbia de siquiera pensar de qué están hechas vuestras almas, estimados amigos de las letras. Puede ser mi soledad la que me hace dar por cierto tal suerte de cosas. La culpa no es mía, pues, sino de ella. Mi amiga, la soledad. Cariños, Gnosis

Comida y masturbación

En ocasiones, comer sin compañía es como masturbarse. Con ingenuidad les pidoque no se estacionen en la palabra masturbación y se abran, sin prejuicios, a lo que quiero significar. 

Verán, tienes todos esos ingredientes maravillosos sobre tu mesa en la cocina. En tu tabla de abedul, has dispuesto filete de pechuga de pollo y le espolvoreas pimienta y sal, un maravilloso matrimonio de cocina que hasta tiene su propio verbo: salpimentar. Te sientes creativo y te atreves con un poco de albahaca seca. La estancia huele divino, porque has puesto a hervir dos papas y agregaste dos hojas de laurel, entonces la magia se ha esparcido por todos lados. Te vas directo al frutero y sacas un tomate pequeño -total, es solo para ti-.Te encanta ver como el cuchillo se clava en la pulpa jugosa y roja del tomate que, sometido al filo de la hoja, despide todos sus jugos. Si eres amante de los cuchillos, como yo, admirarás la maravilla de un corte limpio, tantocomo el imponente sabor de la rúcula.
En fin, …

Tres años Volando al ras...

Hace tres años empecé a acariciar la idea de publicar mis escritos. Propósito algo soberbio si lo veo desde la creencia de que alguien quiere leer lo que pienso. Sin embargo, me hallaba en un momento muy particular de mi vida, y una vez que empecé a escribir sencillamente no pude parar.
Son muchos los que me acompañaron en ese tiempo, que hoy no están. La mujer que yo era hace tres años hoy es muy distinta. Me empeciné en este propósito, muté, me aislé cuando fue necesario, cuando no podía hacer otra cosa. Me hice acompañar cuando el tiempo así lo demandó. He vivido humillación, rechazo, pleitesía, una suerte de adoración por demás inmerecida. También he sentido respeto, admiración y aplauso. 
Son tres años de no creerme muchas cosas. Tres años de escribir con lo que he tenido. Unas veces mucho, otras veces absolutamente nada. Hubo momentos donde me vacié por completo, otros donde me replegué, avergonzada. Pero siempre volví, porque escribir se volvió más fuerte que yo. 
De Volando al ra…