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Demonios



Miedos que lucen nuevos, más son los de siempre, solo que llevan distinto vestido. Los fantasmas no están en el cementerio ni los demonios en el infierno; habitan dentro de mí, dentro de ti, dentro de todos. Algunos parecen haber abandonado la tarea del susto y sientes esa paz de saberte en control de tu cabeza, de tu corazón, pero cualquier tarde, día o noche, este aparece en forma de luna, de sol o bocado, y se instalará en tu seno. 

Ese temor lucirá nuevo, él buscará la forma de angustiarte haciéndote creer que es diferente, intentará convencerte que no le conoces y que no sabes cómo abordarle las trampas, pero tú ya eres una experta, un experto; llevas tiempo lidiando con todos ellos. Con todo y susto, le halas de los pelos, le clavas las uñas en el cuello y le fuerzas la cabeza para que mire. Y cuando ese miedo te mira, descubres ahí, tras el iris de sus ojos, que es el mismo de siempre, el de niña, el de joven, el de adulta.

Te ríes.

-En serio pensaste que no te reconocerías...- le susurras al oído. Estás en ese salón, repleto de gente, y nadie adivina que están en medio de un duelo con tu demonio favorito.

El expide un halito de desolación sobre ti. Esperando ganar, una vez más ganar. Pero ignora que ya te sabes la desolación de pe a pa, hace mucho tiempo, y eso ya no te da miedo. Al final, ese demonio, ese miedo viejo con vestido nuevo, se rinde, claudica. Se arrincona ahí, donde guardas tus esqueletos. Él se irá resignado, con el firme propósito de crear una forma distinta de aparecer, más adelante, más adelante...

Porque hay demonios que nunca se van. Siempre estarán ahí. Entender esto también es una forma de espantarles.

Gnosis Rivera.-

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Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
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Sonrisa mentira

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