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Mostrando las entradas de octubre, 2016

Día de domingo

Es domingo. Nada nuevo, puesto que muchos ya saben eso, pero me gusta empezar diciendo: Es domingo. Aunque en algunos puntos del globo ya es medio domingo. Los domingos saben un poco a sábanas con café, a besos antes del cepillado bucal -estos son los besos más honestos que existen, pero solo para los que tuvieron la dicha de dormir acompañados; no cuenta si dormiste con tus niños.-. Los domingos de mi infancia eran de Vincho Castillo(1), cuando todavía no sabía que era la persona que es. También eran de Aeromundo(2). Ahora los domingos son de café, negro, caliente -y enfriando lentamente-. Son de escritura, de reflexiones con la Gnosis que pocos -o nadie- conocen. Y si oso encender el televisor también son de "infomerciales", donde te venden de todo y prometen un cambio de vida en lo que haces un chasquido de dedos. Los domingo son de lectura.
A partir de las cinco de la tarde, los domingos suelen producir una suerte de depresión, y todo porque nos enseñaron a odiar los lunes…

La vejez

Con suerte, el camino que todos recorreremos, aunque nos olvidamos de ello en el transcurso. La vejez es el compendio de todo lo vivido. Igual habrá envejecientes que vivirán como muchachos toda la vida, y quizá no les importe mucho lo vivido. A ese apartado vamos todos. Repito, con suerte. Al lugar de las arrugas, de los olvidos, de la incontinencia urinaria, de la melancolía por el pasado, de ver a todos nuestros iguales irse, uno tras otro, sin remedio.

Esta es una variable que aterriza a muchos, cuando nuestros amigos de toda la vida empiezan a fallecer por razones tan válidas como comunes -aunque toda razón para morir es válida. Si es fáctico, ya con eso es suficiente.- Pero ese no es el tema, les hablo de los viejos -hombres y mujeres-. Siempre pensé que una nación se mide por cómo trata a sus animales y a sus ancianos. No hablaré de mi país, en ese rubro el tema sería muy extenso. Solo les diré que a la vejez, temiéndole o no, iremos. Salvo que el destino, si acaso e…

Testamento, deudas, saldos…

No sé si haya tiempo de pagar toda la deuda que cargo desde los años que me anteceden. Hubo explicaciones que no ofrecí. Un anillo que nunca debí devolver, otro que no debí vender, -esas deudas son para conmigo-. Debo unas cartas; esas que escribí y no entregué.  Le debo dignidad a cierto momento…pero es que no lo reconocí.
Horas de sueño. Besos. Atrevimiento. Debo el valor de una confesión, y también la confesión. Ignoro si hay una forma de entregar eso ahora. Ignoro si acaso vale la pena -o la alegría- hacerlo. Hay un cúmulo de verdades a medias y enteras, todas y cada una con su destinatario. Si no vienen a por ellas, ahí caducarán, porque ya no dispongo de voluntad de entregarlas. A esta hora no me sobran ganas.
Igual, me doy cuenta que la mayor deuda la tengo conmigo. ¡Caracoles! Cada vez que no debí hacer e hice, engordaba mi deuda. Y cuando debí y no lo hice, la duplicaba.
Debo el amarte. Debí amarte. Pero no te amé. Y lo siento y no lo siento. Lo lamento y al mismo tiempo, me ale…