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Mostrando las entradas de enero, 2016

Sola

Fui caminando, lentamente; yo no llevaba los pasos sino que ellos me llevaban a mi. A cada lado, los brazos me colgaban de los hombros, y cada uno era una extensión de mi propia pena. A lo lejos divisaba el sol y el cielo; juro que los advertía, pero mientras iba avanzando, sendas murallas de metal y concreto se iban levantando a mi paso. Me apretaban y me rozaban las sienes. Las sentía como si me salieran del pecho y del estómago, pero las veía a una discreta distancia de mi cuerpo, entonces no entendía como era eso de sentirlas eructando desde mi adentro. Ha de ser como una crónica de las soledades. Yo, igual, seguía avanzando, ya no le prestaba tanto la atención a las paredes que iban germinando a mi lado; más bien fijé mi vista en el sol que tenía delante; era un sol de lluvia, como de fuego tibio, pero era un sol, al fin y al cabo. Los soles suelen infundir confianza de que la luz está ahí, que la negrura de la noche no será eterna. Otra cosa que noté, es que había gente cerca de…

Esta vez eran las 7 y tantos...

…y desperté con su aroma. Ese aroma que me ha acompañado desde chica.  Cuando tenía cuatro, o cinco, o seis –que no importa mucho, igual era pequeña-, mamá Gloria nos lo daba de la segunda colada. Decía que los niños no debían tomar café, que les hacía daño. Lo cierto es que, de la segunda o de la primera pasada, el café empezó a ser compañero obligado de mañanas memorables de mi vida.  Mamá Gloria me daba un jarrito de aluminio con el preciado líquido marrón oscuro, que siendo menos puro del que ella tomaba, más bien tenía una tonalidad ámbar. Lo hacía acompañar de un pan de agua. Ese pan era la pura gloria vuelta harina. Era de interior suave y tupido, y la costra era tostada y crocante.  Recuerdo que solía sacarle toda la masa con mi dedo índice y echarle parte del café dentro, entonces lo apretaba y quedaba la suerte de un sanduche de café, como si tal cosa existiera.
Yo dormía, pero desperté aspirando como si realizara ejercicios de respiración. Ha de ser algún vecino que, aun sie…

Tres y tantos...

...transcurrían las tres y algunos minutos en la madrugada, ella abrió los ojos, ligeramente, y lo buscó. Buscó las piernas que por tantos días agregaron un delicioso peso sobre sus muslos. Juró que lo había sentido moverse, entonces, cuando despertó y procuró su presencia, ahogó un solemne grito en su garganta, porque comprobó que él no estaba. Fue una realidad que la golpeó en menos de la mitad de un segundo. Tanto ocurrió en ese medio segundo. Imaginarlo, sentirlo, buscarlo y no hallarlo. Nunca medio segundo contuvo tanto dentro de sí. Entonces se llevó la mano al pecho, con gesto de dolor. Cerró los ojos y volvió al sueño. Un sueño que le calmaría la ausencia. Ya se enfrentaría a su realidad horas después, cuando el sol hiciera de la suyas por entre las cortinas.
© Derechos de autor Gnosis Rivera​