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Sueño para el final de un abril



La casa estaba llena de invitados. La convocatoria había sido un éxito rotundo y los principales salones de la casa, decorados de la forma más exquisita y acogedora posible, estaban llenos de nuestra gente más querida. Yo estaba sumamente alegre, iba de aquí a allá, atendiendo a todos, encargándome que cada cual tuviera su bebida en mano, que a nadie le faltase nada. 

La música de fondo era delicada, deliciosa cadencia en el oído de todos, permitía la charla íntima, la risa del grupo de la esquina y las bromas de los jóvenes del salón pequeño. Todos disfrutaban, eran felices y yo con ellos. Te observaba en la distancia, dispuesto, elegante, tan ameno y divertido como te sabía ser. 

Recuerdo la luz de la hora. Era la tarde. Un sol tímido arropaba la terraza y se colaba discreto por los ventanales de cada salón. Recuerdo con nitidez fotográfica el estampado del mobiliario, el brillo de la madera, debidamente lustrada en la víspera. Recuerdo con exactitud el color ocre de la consola antigua, la lámpara esquinera. La gente circulando y tomando bocadillos.

Viene a mi recuerdo el renovado entusiasmo de mi alegría. Una alegría rara, nueva, una alegría con aroma a paz. Era prácticamente la hora de concluir y uno por uno se fueron yendo, todos. Pronto, no había un solo invitado en la casa. Yo debía irme también, pero sé que me dispuse a atender que todo quedara perfecto, en orden, arreglado. Copas, platillos, bandejas...todo en orden. Todo estaba perfecto una o dos horas después. 

Sé que recorrí la mansión en tres ocasiones distintas, solo para asegurarme de que todo quedara bien. 

Finalmente coincidimos. Me miraste, te mire: … y fue el beso. Un beso tranquilo, un beso de acuerdo. Un beso que dejó todo claro, el futuro y el presente. Un beso de anhelo, de planes, centellante, corto, intenso, hondo, inmenso. Un beso de paz.

Desperté… y aún mi corazón conserva el sentimiento de ese beso desconocido, de sensación tan nueva, tanto, que solo he podido imaginarla. 

Sé que eras delgado, esbelto; recuerdo que mi barbilla se elevaba para ir al encuentro de tu boca. Recuerdo tu pelo peinado a la derecha, tus canas; vi y sentí tus dedos. Gran parte de lo que recuerdo solo lo sentí y justo eso hace que a esta hora de la noche te siga recordando. Tremendo lo que hace una mente anhelante.

Gnosis Rivera.-

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