Ir al contenido principal

La muerte nos duele

Nunca he estado cerca de la muerte, pero la muerte ha estado cerca mio.  He perdido familiares.  Y quiero que presten atención a la parte de "he perdido" ya que ella encierra la esencia de lo que les quiero comentar. Fíjese que no dije: algunos de mis familiares han muerto, o familiares mios han muerto.

Imagine el siguiente escenario. Usted tiene un hermano que vive en alguna ciudad muy lejana. Digamos tan lejos que tenga que viajar por horas en avión para verlo. Imagine que ese hermano y usted tienen años sin hablarse, no porque haya problemas entre ustedes, sino que cada uno está envuelto en su propia rutina, algo de descuido y distancia.  Pues bien, usted no está sufriendo porque ese hermano está tan lejos, no llora porque no puede abrazarlo o tocarlo, no llora porque tiene meses o años sin verlo.  Sabe que si desea hacerlo es cuestión de tomar un vuelo y si se conformara con solo escucharlo estará a la distancia de una llamada telefónica.  Con la muerte pasa lo mismo, pero hay una diferencia fatal: hay dolor porque esa persona no está NI LO ESTARÁ MÁS, sin posiblidad alguna.

Aún los que creen que hay un más allá donde todos nos reuniremos como una gran familia, sufren y mucho. Y es en parte por el apego que tenemos a todo lo terrenal, incluyendo las personas. Cuando alguien cercano fallece, solemos decir: se me murió fulano...  Esa concepción de que fue a usted que "se le" murió esa persona es parte de lo que lo mantiene atado a un dolor que será proporcional en duración e intensidad al apego que tenga con el fallecido.  A partir de ese apego y del hecho de que usted está sufriendo porque es usted quien no podrá verlo más, es usted quien no podrá tocarlo o conversarle cuando guste o pueda, puedo colegir que gran parte del dolor asociado a la perdida de alguien que se ama es una cuestión de ego.

Y todos en alguna forma nos hemos vestido de este tipo de dolor alguna vez. En mayor o menor medida. En los días previos a la muerte de mi madre, yo estaba plenamente conciente de que era muy difícil que sobreviviera.  Ella había tenido varios AVCs y su condición no prometía. Cuando falleció, grité como loca pero entendí que el hecho de que ella muriera era lo natural. Me dolió que ella muriera, por supuesto!.  Era apenas una mujer de 52 años, llena de vitalidad y energía.  El dolor por mi egoismo vino más tarde y me duró más de un año. Yo estaba llena de ira, yo la extrañaba, yo tenía asuntos muy importantes que aclarar con ella, yo quería compartir muchas cosas de mi vida con ella. En todo mi dolor por su muerte el prefijo obligatorio era un YO.  Mi yo. Entonces, me tomó mucho tiempo superar ese dolor asociado a MI necesidad de ella.  

Es totalmente humano y natural sentir este tipo de dolores, solo que es mucho más saludable identificar qué se esconde detrás de un duelo que está costando sobrellevar, hay que trabajarlo, lidiar con el e incorporar el evento de la partida de ese ser amado a nuestra vida de forma adecuada. Empoderarnos con las situaciones que pudieron haber quedado pendientes y sumir la responsabilidad por ellos, hacernos cargo.  Total, es indefectible el hecho de que esa persona ya no está.

Adicionalmente y para finalizar, en occidente estamos muy contaminados con lo terrenal. Es como si nos creyéramos amos de esta tierra y que no nos moriremos nunca y cuando ocurre cerca nuestro nos revelamos.  El dolor es un tipo de resistencia.  La muerte, al igual que la vida, es como una puerta que a todos nos toca atravezar, unos alante y otros más luego, pero sin duda a todos nos toca, ya que para morir solo hay que estar vivos.

Nos vemos en una siguiente entrega. Bendiciones!

Entradas más populares de este blog

Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones...
Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo.
El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
Cada texto es un nacer y un morir. Un sobrevivir constante en este ensayo de existencia. Una apuesta a permanecer en la necedad de lo posible.
Eso es escribir....
Y perdonen la soberbia de siquiera pensar de qué están hechas vuestras almas, estimados amigos de las letras. Puede ser mi soledad la que me hace dar por cierto tal suerte de cosas. La culpa no es mía, pues, sino de ella. Mi amiga, la soledad. Cariños, Gnosis

Comida y masturbación

En ocasiones, comer sin compañía es como masturbarse. Con ingenuidad les pidoque no se estacionen en la palabra masturbación y se abran, sin prejuicios, a lo que quiero significar. 

Verán, tienes todos esos ingredientes maravillosos sobre tu mesa en la cocina. En tu tabla de abedul, has dispuesto filete de pechuga de pollo y le espolvoreas pimienta y sal, un maravilloso matrimonio de cocina que hasta tiene su propio verbo: salpimentar. Te sientes creativo y te atreves con un poco de albahaca seca. La estancia huele divino, porque has puesto a hervir dos papas y agregaste dos hojas de laurel, entonces la magia se ha esparcido por todos lados. Te vas directo al frutero y sacas un tomate pequeño -total, es solo para ti-.Te encanta ver como el cuchillo se clava en la pulpa jugosa y roja del tomate que, sometido al filo de la hoja, despide todos sus jugos. Si eres amante de los cuchillos, como yo, admirarás la maravilla de un corte limpio, tantocomo el imponente sabor de la rúcula.
En fin, …

Tres años Volando al ras...

Hace tres años empecé a acariciar la idea de publicar mis escritos. Propósito algo soberbio si lo veo desde la creencia de que alguien quiere leer lo que pienso. Sin embargo, me hallaba en un momento muy particular de mi vida, y una vez que empecé a escribir sencillamente no pude parar.
Son muchos los que me acompañaron en ese tiempo, que hoy no están. La mujer que yo era hace tres años hoy es muy distinta. Me empeciné en este propósito, muté, me aislé cuando fue necesario, cuando no podía hacer otra cosa. Me hice acompañar cuando el tiempo así lo demandó. He vivido humillación, rechazo, pleitesía, una suerte de adoración por demás inmerecida. También he sentido respeto, admiración y aplauso. 
Son tres años de no creerme muchas cosas. Tres años de escribir con lo que he tenido. Unas veces mucho, otras veces absolutamente nada. Hubo momentos donde me vacié por completo, otros donde me replegué, avergonzada. Pero siempre volví, porque escribir se volvió más fuerte que yo. 
De Volando al ra…