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Quiero conocerte (Secuencia de El encuentro)

Fotografía de Oleg Oprisco

Andrés sorbía su café. Practicaba el deporte favorito de las últimas semanas: pensar en Lucía. Había quedado con su amigo Armando, quien justo en ese momento se figuraba frente a él. - Hey!! como vas Andrés!- dijo Armando, por todo saludo.
- Todo bien! - respondió,  mientras se daban un apretón de manos y se fundían en un fraternal abrazo.
 
Siempre que se veían era lo mismo. Un cálido abrazo de hermamos. Armando y Andrés se conocían desde los cursos del bachillerato. Habían compartido muchas experiencias juntos. En fin, que eran más que amigos, cómplices y confidentes.  No le había contado de Lucía, ni de lo bien que lo había pasado esa tarde en la librería. Eso podrían conversarlo ahora.  Además, quería distraerse un poco charlando de otros temas, ya que últimamente se sorprendía más aburrido de lo habitual.

Armando era un hombre felizmente casado.  Cuando conoció a Rebecca, su mujer, Andrés se hizo a la idea de que la amistad se enfriaría, pero no fue así.  Compartían tanto como podían y la amistad que les unió en la tierna juventud siguió por buen rumbo. Estando uno frente al otro, conversaban animadamente sobre las novedades, cuando Andrés le dijo:
-  He conocido a alguien...
- ¿Alguien?  respondió Armando.  Él ya sabía lo que significaba en boca de su amigo la palabra "alguien", al menos en el sentido en que la estaba diciendo.

- Cuenta... - dijo por toda respuesta.

A seguidas, Andrés se extendió en detalles.  De la mejor manera que pudo le contó cómo era Lucía.  Le habló de las ganas que tenía de volver a verla y de lo tonto que había sido al no haber preguntado por su número de teléfono, para poder llamarla después. Se aseguró de calmar a su amigo, que ya lo miraba entusiasmado, de que no habia razón para especular, ya que este tenía la tendencia de emparejarlo siempre que podía. Armando lo escuchaba con atención y se reía para sus adentros.  Había advertido ya las mismas formas y tonos que se apoderaron de él cuando conoció a su mujer y casi podía afirmar que su amigo Andrés estaba flechado. No le dijo nada, solo lo dejó hablar. Presintió que el tiempo le daría la razón.

Terminaron su encuentro como siempre, contentos de haber disfrutado de la camaradería cómplice que distinguía su amistad, y con la promesa de verse nuevamente. Andrés se dirigía en su auto por la salida del parqueo, cuando decidió pasar por la librería. Quizá esta vez tendría suerte. Y la tuvo. No hizo bien entrar por la puerta automática del local, cuando sus ojos dieron con la visión que le acompañaba desde esa bendita tarde en que la conoció.  Lucía estaba parada frente a uno de los estantes del pasillo principal. Por segundos, él deseó ser el libro que ella manoseaba con avidez y curiosidad.  Disfrutó la imagen. Su pelo, que como siempre, caía libre por sus hombros.  Su apariencia era la de una belleza dispuesta y natural, y para nada forzada. Caray! esta mujer sí que le gustaba.  Esta vez no sería tan estúpido de abordarla y no dar con su número de teléfono. Tenía hambre de ella!  De repente sintió sed, pero no le parecía que el agua fuera lo que le calmara.  Era sed de la mujer.  Era sed de Lucía.

Todo esto había ocupado los pocos segundos que le tomó atravezar la estancia y llegar a ella. La saludó con toda la naturalidad que pudo reunir.  Si ella se enteraba de lo que le producía entre estómago y piernas, podría asustarse.  Aunque ello no se comparaba con lo que le ocurría a su mente cuando la veía.  Eso de por sí ya lo asustaba.  Se acercó, ensayando el hola más tranquilo que encontró y se lanzó. -Hola Lucía...

Ella levantó la mirada y lo observó.  Por breves segundos sonrió tímidamente y al final articuló un saludo bajito y tranquilo, que hizo que Andrés meditara al respecto.  -¿Todo bien?, preguntó.
- Sí, perdona...me has pillado pensando.  Todo está bien!.  Te conozco...cierto?, conversamos en la charla del mes pasado aquí en la librería, dijo con cara de duda.
Uff..! -pensó Andrés.  El no había dejado de pensarla y ella apenas le recordaba.  Eso pensó.  No iba a amilanarse; no después de haber esperado tanto para volverla a ver.
 - Sí.  Recuerdas bien, soy Andrés.  ¿Cómo has estado?.  ¿Estás ocupada?... me gustaría invitarte a un café.

Fotografía de Oleg Oprisco
Lo miró y respondió que si.  Terminaron de ver algunos libros y ella compró el que tenía en sus manos. Se dirigieron a la cafetería y ahí charlaron por un buen rato.  El tiempo se les fue y apenas se percataron de que el sol se colocó en el horizonte, dando la bienvenida a la noche.  Ella se entretenía con las ocurrencias de él, mientras que él se regodeaba en ese sentimiento nuevo de comodidad e inquietud que experimentaba desde que la conoció. Quería más de ella.  Saber de sus gustos, sus pasiones, qué le estremecía y qué cosas le disgustaban.  Eso era toda una novedad para él, porque si bien se divertía mucho con las mujeres, nunca se quedó con esas ansias de saber más de alguna en particular. Lucía le promovia sensaciones y sentimientos desconocidos; sensaciones que le motivaban a más, e iría por ello. 

En el transcurso, se despojó de ese nerviosismo adolescente que le invadió al inicio y se lo dijo claramente.  

 -Quiero conocerte...verte nuevamente; pero una cita de verdad!..no encontrarnos así nomás, por pura coincidencia. Se quedó en silencio, esperando algún atisbo de aprobación.  Ella le otorgó una sonrisa coqueta e ingenua, y él observó como colocaba un adorable mechón de su pelo castaño tras la oreja derecha; gesto que le produjo un placer inusitado y le hizo sentir calor en la cara. A seguidas, ella sacó un papel de su bolso, tomó un lapicero y escribió lo que parecieron ser números.

- Mira, es mi teléfono. Llámame y nos pondremos de acuerdo.  Ella tomó la noche como excusa y se despidió como lo había hecho antes: con una sonrisa cuyos efectos en él durarían días. En un gesto de caballerosidad, Andrés se paró de la silla al despedirse. Observó como se alejaba, mientras disfrutaba del discreto contoneo de sus caderas. Quiero conocerte...dijó para sí. Bajó la vista a sus manos, donde tenía el papelito con el número de Lucía. Sonrió.  La suerte estaba echada!


Continuará...

© Derechos de Autor Gnosis Rivera.-
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