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Muda


Te acaricio en silencio porque el idioma ya no me sirve.  Con la mirada te susurro mis mejores amores; mi lengua ha enmudecido. Las yemas de mis dedos dejan palabras diminutas cariñosas por tu piel que imagino, tatuando en ella mi espera y mis ansias.  Esperando que comprendas que te amo de una forma que sencillamente, no puedo explicar.  Te hablo en mi propio idioma.  El idioma de mi amor por ti.
Cierra los ojos y escucha el murmullo del viento. Se han escapado mis "teamos" subversivos.  Orgullosos han huido de mi boca buscando del ecuador al sur desesperados a su dueño.  Y es que cada te amo pensado deja de pertenecerme tan pronto se asoman a mi mente.  Todos y cada uno son tuyos. Todos te pertenecen.  

Muda me he quedado pensándote.  Muda he permanecido desde esa noche en que recogiste tus promesas y saliste a andar tu camino.  Y vuelvo y te acaricio en silencio.  El idioma ya no me sirve. 
 
No hay vocal que me ayude ni consonante que me auxilie.  Muda he permanecido desde esa noche en que te fuiste.

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Antes de amarte...

Antes de amarte, déjame contarte de mis espinas, como adornan mis esquinas y me hieren todavía; pero también tengo rosas.  Si te acercas solo un poco podrás ver que soy hermosa solo que no lo sabía.  
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Quiero contarte que amo,  que suspiro y que aún espero. Que mi cuerpo tiene frío y por dentro prende fuego.   Antes de amarte te cuento, porque quiero que te enteres que padezco de la ausencia de un amor que no es presencia,  y tú que ahora te asomas, pienso quizá no comprendas.
Que no …

Escribir

Quienes escribimos tenemos el alma hecha de papel, letras, tinta, lápices; todo ello mezclado con sangre, dolor, alegría, sentimiento, recuerdos, sueños, ilusiones... Perfectamente unido en una alquimia sin defecto. A veces quieta y en orden. Otras, produciendo espantosos sismos de angustia y reclamo. El lector no siempre imagina el rastro de gotas que evidencia tal temblor del alma. Ese temblor que supura sal y azúcar. Quizá ni sospecha qué hay tras cada letra, en las esquinas de un párrafo y la muerte que supone el punto y final de un poema.
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Sonrisa mentira

Mi sonrisa, de cuarzo y granito, era cuajada y pesada.
Se extendía de izquierda a derecha, haragana y con pocas ganas de ser. Con sus manos de renacuajo, se sostuvo de mi boca y se instaló en mis labios, pretendiendo engañar al semejante que observaba en mi esquina.

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Ya no tenía por qué sonreír más. Ya la máscara había sido descubierta. No más sonrisas para mí, ni para el semejante de la esquina.


©Derechos Reservados Gnosis Rivera.-