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Pedazos III -pensándolo-


Abrió la puerta.  Cansada, tiró su bolso sobre la silla y se dejó caer sobre el mueble.  Era un mullido y confortable mueble color rojo vibrante.  Ella no se sentía nada vibrante, más bien estaba harta y cansada. Su día había sido horrible.  Tenía expectativas de agotar su agenda, pero fue imprevisto tras imprevisto.  Al final, el saldo era un cansancio agotador que le dejaba pocas ganas de hacerse algo para cenar y la mitad de los compromisos acordados pendientes de realizar.

De repente él vino a su mente.  Siempre sucedía.  Ella llegaba luego de un día de faenas y mientras realizaba como autómata la rutina de todas las noches, él le acompañaba en insistentes pensamientos.  Desde que se fue ella se había propuesto vivir el duelo, sudarlo cuanto durase, pero esto ya estaba fuera de proporción. -¿Cuando fué la última vez que saliste con un hombre?  -se preguntó.  -Ni idea!- concluyó casi de inmediato.  Algo debía hacer.  El probablemente estaba viviendo su vida como siempre hizo, a plenitud, mientras ella, tontamente le regalaba más de una hora de sus noches pensándolo inútilmente.

Con pasos cansados se dirigió a la cocina, abrió el refrigerador y lo vió repleto de frutas, todas bellas y coloridas.  -No es hora de comer frutas, Ana!, mejor calienta ese trozo de lasagna que tienes desde el martes-  Dijo para sí. Caminó descalza hacia la mesa que hacía de comedor.  El frío de la losa bajo sus pies la confortaba. Se había vuelto costumbre eso de pensar para sí como si conversara con otra persona. Mantenía charlas consigo misma para compensar el silencio de la estancia.  Lo hacía sin darse cuenta, quizá para no aturdirse con el vacío que le gritaba en los oidos la maldita soledad en la que se sacudía a diario, desde que él se fue.  Sí.  Definitivamente tenía que hacer algo.

Recordó aquel tiempo en que él le había dicho que la elegía.  Que no había forma en que no la amara. Le dijo de tantas formas que el camino recorrido había valido la pena porque lo condujo a ella.  -Ay Ana! diste todo por sentado e hiciste girar tu mundo alrededor de él.  Por eso ahora no sabes que hacer con tanto espacio.- se dijo lastimosa.

Era tiempo de cambiar las cosas.  Ya habían pasado dos años y el hogar que ella creyó haber encontrado en sus brazos hace rato que estaba deshecho.  Era un hogar que, según se dió cuenta, solo existió en su cabeza. -Si Ana, te diste contra la pared....te lo dije!-  volvió a decirse.

......continuará

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